La república independiente de Las Torres de Villaverde

Hubo un tiempo en la zona de Las Torres, en el distrito de Villaverde, en el que los críos soñaban con parecerse al Isma: ropa de marca. Reservados. Coches de alta gama. Ser un kie. Un capo. Pero esa vida que veían perderse a la carrera implicaba dos cosas: empotrar un coche contra un escaparate y que la policía tarde o temprano te echara el guante. Ahora, en la cuna de los aluniceros más famosos de Madrid, los chavales prefieren hacerse un nombre en la música. Aspiran a esa vida de lujo, pero con una gorra hacia atrás, ropa ancha y collares en lugar de grilletes. Los New Nassa, la banda que opera aquí, quieren que se conozca a esos bloques de realojo, situados al sur de la región, como la cuna del reggaeton. No lo tienen nada fácil.

Sobre todo porque este enclave, ubicado entre las calles de Potes y Puebla de Sanabria, arrastra desde hace décadas el calificativo de territorio comanche. Una fama que si bien está justificada por sus antecedentes, resulta injusta para el resto de los vecinos. La mayoría de ellos trabajadores que se vieron empotrados en la crisis. Y que sufren de rebote las consecuencias de vivir en un barrio señalado. Porque en Las Torres, además de la ley del silencio, impera la del olvido. Aquí la suciedad campa a sus anchas. Los niños juegan en un parque que es una trampa. Y por la noche hay que tener cuidado: muchas baldosas bailan al son de los desperfectos. Crecer en esta zona implica también estar abandonado y convivir con ratas. A pesar de que muchos de estos residentes pagan todos los impuestos pertinentes como el de bienes inmuebles (IBI) o la tasa de basura. La lucha de los primos Josué y José González, dos de los cuatro cantantes de New Nassa, de 21 años, es la misma de todos: recibir la atención que merecen.

En la calle de Potes hay poco que hacer un miércoles por la tarde. La mayoría de los locales que se ven están cerrados u okupados. Salvo una peluquería donde cortan el pelo por 6,30 euros. Una cervecería sin clientes situada a escasos metros de la Asociación de Alcohólicos Rehabilitados de Villaverde (Arvil). Una farmacia que se comenta que ha sufrido algún butrón. Un centro de salud que ha conocido épocas peores. O la tienda de Lin. De todas las opciones, su establecimiento es el más goloso. Funciona como un autoservicio en el sentido estricto: los hay que llegan, se sirven y se marchan. “A veces vienen después y lo pagan. A veces, no”, asume este dependiente chino de 37 años. Llegó hace dos años al barrio de San Andrés, donde está esta calle, y dice que nada le sorprende. Dos críos se guantean delante de él con sendas bolsas de Doritos. La cosa está a punto de pasar a mayores cuando el más grande alcanza una bebida energética con forma de misil. Pero al verlo su madre les pega tal grito que todo el mundo, hasta el bueno de Lin, se pone firme. “Lo que te decía”, retoma con su amiga, “si te enteras de algo. Cuidar niños, limpiar, lo que sea”.

Los vecinos de Las Torres están señalados por el paro. De los 13.578 residentes de Villaverde que había apuntados en septiembre en las oficinas de empleo, 4.538 eran de San Andrés (42.838 habitantes; 140.599 en total). El barrio más castigado de ese distrito en números absolutos. 9.854 vecinos tenían la EGB o la ESO a comienzos de año; la titulación mayoritaria. Aunque había también 231 inmersos en un doctorado. Sin estudios constaban 3.917, según la estadística del padrón municipal. Aquí la tarde pasa lenta. Pero la vida rápido. Y hay quien se la busca como puede. A veces traspasando la legalidad. Un policía veterano lo explica así: “A Las Torres las llamamos El Corte Inglés; ahí se venden infinidad de artículos robados. ¿Quién dice que ahí no entramos? Eso es mentira. La Policía Nacional entra en todos lados”. En Villaverde, la Policía Municipal realizó el año pasado 608 intervenciones con detenidos e imputados. La cifra más alta tuvo lugar en el distrito de Centro (3.047). En la calle de Potes no reniegan de esa fama, pero matizan: “Hace años era un descontrol. Ibas, te enseñaban lo que tenían con fotografías hechas con el móvil, lo encargabas y te lo traían. Pero ahora no se ve tanto”. Ahora hay quien vende zapatillas Adidas por 20 euros o películas y discos piratas a cinco euros el pack de tres. Con posibilidad de devolución. Un vecino se baja del coche y reclama: “Oye, tú, cámbiame el disco. Te pedí uno de flamenco para los niños y me diste uno de bakalao. Chunda-chunda. ¿No lo entiendes?”. El vendedor abre una bolsa y él escoge uno de El Barrio. Aunque aquí lo que se estila es el reggaeton. “Es que el flamenco lo llevo escuchando toda la vida en mi casa. Y lo canto con mi familia. Pero a nosotros lo que nos gusta es rapear.

Hacemos reggaeton gitano, como lo oyes. Y aquí hay unos artistas que no veas. ¿Que tenemos mala fama? Eso es que nos tienen envidia. Aquí están los mejores coches de Madrid. Pero vamos que a nosotros nos gusta más componer”. Josué, uno de los chavales que viven en Las Torres, zanja así la cuestión del Isma. “Mira, escucha. José, ¿cuál cantamos?”. Su primo no se lo piensa y se arranca con una voz que, en efecto, mezcla lo latino y lo flamenco: “Cada vez que te veo con él, se me eriza toda la piel”. Chicos duros cantando letras melosas. Las Torres tienen su parte vulnerable. Sobre todo de puertas para dentro. Josué vive con ocho personas en un piso de tres habitaciones: “El ascensor no funciona y las cañerías están rotas. Y nadie viene a arreglarlo”.

La cuna de los aluniceros más famosos es también la cuna de las goteras, las baldosas levantadas o las bombillas fundidas. Una fama que soporta Carmen Montes, vecina de 60 años de esos bloques: “Tengo una gotera en el techo y así llevo un mes. Mi seguro no puede hacer nada porque el problema viene de arriba y mientras no me autoricen a picar pues sigo igual. El Ivima tiene que llamar la atención a su inquilino, pero no lo hace. Y tampoco me coge el teléfono en horas de trabajo”. El casero de muchos de estos vecinos es la Agencia de Vivienda Social –la fusión del Instituto de la Vivienda de Madrid (Ivima) con el Instituto de Realojamiento e Integración Social (Iris)-; es decir, la Comunidad de Madrid. Estas viviendas de realojo conocidas como Las Torres –una de 12 alturas; otra de ocho- cobijan a 240 familias, en la primera, y a 384 en la segunda. La mayoría de los inquilinos provienen de la antigua Unidad Vecinal de Absorción (UVA) de Villaverde Alto; un conjunto de casas bajas, conocida como la Colonia de los Toreros, que estaban situadas en este mismo enclave. Hasta que en la década de los ochenta sus residentes fueron realojados en esas viviendas públicas a instancias del Iris. Los alquileres de estos pisos oscilan entre los 150 y los 600 euros. Tienen una media de 100 metros cuadrados; de dos, tres o cuatro habitaciones. Y hay quien vendió su casa por 60.000 euros. La Comunidad conserva 25 pisos alquilados en la torre más alta y una vivienda aparte que está libre. Mientras que en la otra torre más baja posee 93 pisos arrendados, otro libre y 11 más que están ocupados ilegalmente. “Por lo que la reparación de esos desperfectos correspondería a los propietarios al ser mayoritarios en esos bloques”, explican. Su casero solo asume los costes de las viviendas okupadas, alquiladas o libres. La Comunidad conserva también 11 de esos 35 locales fantasmas de la calle de Potes: cuatro están libres y se van a incluir en el Plan de Emprendedores; cinco están alquilados como el local de la asociación Arvil –“hay mucha gente no sabe que es alcohólica”-; y dos están okupados.

En uno de ellos vive desde hace cuatro años Alfredo Jiménez. “Pero tampoco te creas que esto es una maravilla. Hay ratas que son como gatos”, explica este hombre de 24 años. “¿Sabes quién vive bien? Esa”. Esa o mejor dicho ese es Darío. Una gallina con nombre de macho que se pavonea, eso sí, algo coja. Su dueña, la otra ocupante de ese lote de locales, cuenta que los niños del barrio “que son muy malos” la pegaron: “Ay el día que me falte. Le encanta el arroz que guiso”. La puerta de su casa es una cortina de ducha. En el suelo, además de baches, hay varios excrementos. “Y eso que hoy está más limpio”, tercia un vecino que está “deseandito” que se vaya esa familia de etnia gitana: “Por la noche ponen la música a todo volumen y diles tú algo”.

Aquí el camión de la basura viene todos los días, pero los vecinos de Las Torres se quejan de que la limpieza no es la debida. Hay papeleras antiguas que están tupidas. Y el barrendero, dicen, viene tres veces a la semana. “¿Pero tú sabes por qué pasa eso?”, interviene Carmen, la vecina de la gotera. “Porque no hay personal. Te lo digo yo que soy barrendera”. Y tiene razón. En los últimos dos años, Madrid ha pasado de tener 6.315 barrenderos a 4.312, según el recuento oficial al que tuvo acceso EL PAÍS. Pero a esta cifra hay que restarle otros 408 trabajadores afectados por el expediente de regulación temporal de empleo (ERTE) con el que se saldó la huelga de limpieza de 2013. En él están incluidos además 633 jardineros, según CC OO. El distrito de Villaverde pertenece al lote 6 -junto con Carabanchel y Usera-; la adjudicataria es FCC. Hace dos años tenía a 772 trabajadores repartidos en ese triángulo; con el ERTE serían 454 empleados de limpieza en total. Aunque a mediados de octubre, esta empresa anunció la retirada de ese expediente temporal. Y su voluntad de sacar a 150 barrenderos más.

Mientras eso llega, los vecinos de la calle de Potes y Puebla de Sanabria deberán seguir esquivando cacas de perro, hojas secas o plásticos. “Aquí hay calles que se limpian y otras no. Si tienen que ponerse al día primero con las zonas principales de Villaverde…”, suspira Antonio Galiano. “Además que este abandono no es de hace dos años para acá. Este olvido es de décadas”. Este jardinero de 53 años lleva desde los 23 en la calle de Potes y es el presidente de la Asociación de Vecinos Los Hogares; el local comparte espacio con un centro de salud que tiene rejas. Pero dentro reconocen que ha habido épocas peores. Con agresiones y amenazas constantes. Ahora parece que el día a día es algo mejor. En ocho horas lo único reseñable ha sido un paciente que no quería hacer cola por su metadona. Y se ha colado.

“Este es un barrio normal con una problemática muy concreta. Y es la dejadez política que sufrimos los vecinos desde hace años. Pero no solamente nosotros. Villaverde ha sido un distrito históricamente olvidado. Fuimos los últimos en tener Metro; hemos estado cuatro años sin cabalgata de Reyes. Y ahora nos quieren meter otra incineradora. ¿Qué pasa que todo lo que no quieren los demás nos lo meten a nosotros?”. Esa amnesia general se concreta en la calle de Potes en un abandono que a Antonio, como perito en la materia, le supera. “Mira esos árboles totalmente atacados. O esas hojas sin recoger, eso no es de hoy, ¿eh? O mira el bordillo que ni se ve; eso tienes que coger una pala y echar la tierra para dentro. Pero aquí no cuidan las zonas verdes. Todo lleno de cacas; eso es multa. Pero tú vienes dentro de un mes y lo sigues viendo. O ese parque. Con la arena sin recebar. Y ahí juegan los críos”. Tania Morales, un ama de casa de 27 años, no le quita ojo a sus gemelos: Mía y Meme de dos años. Los niños de Las Torres juegan en un parque que es una encerrona: el sube y baja está torcido; la arena, salpicada de tapones, envases de ibuprofeno o colillas. Y no hay crío que no se haya caído o mareado tras subirse a una extraña estructura que, se supone, es para su divertimento. “El otro día se me cayeron del columpio. No están adaptados para los niños. Pero peor fue lo de la Itziar, la hija de una amiga; se cayó de ahí [de esa estructura] y se partió el brazo. ¿Tú dime a mí qué clase de juego es ése?”, se pregunta Tania. La calle de Puebla de Sanabria no luce mejor. Los bancos están desvencijados. Las baldosas de los soportales, levantadas. Y frente a los dos bloques de viviendas que dan nombre -y fama- a este enclave, se sitúa un descampado que es un vertedero encubierto. En especial, un colector de aguas que sirve como basurero improvisado.

“El abandono aquí es completo. No es que los vecinos tiren más mierda. Es que la basura genera basura. Y cuando te acostumbras a vivir en un vertedero, al final terminas viviendo en un vertedero”, prosigue Antonio, el presidente de estos inquilinos. Guillermo Zapata (Ahora Madrid) es el concejal del distrito: “La cuestión de la limpieza es un problema estructural; hemos hecho planes concretos, pero requiere más tiempo y efectivos. Y ese colector de aguas es algo horrible. Nuestra intención es arreglarlo. Y a medio plazo construir en ese descampado huertos urbanos para que haya un espacio que cuidar. Porque en ese descampado se tiran cosas porque hay un descampado. Lo que hace falta es que deje de haberlo”. Esa idea de construir huertos urbanos no es nueva. En 2007, Alberto Ruiz-Gallardón, entonces alcalde de Madrid, quiso convertir esta explanada en un ecobarrio. Pero los vecinos no lo ven claro: “Este descampado es muy grande. Y un huerto se puede hacer, pero no que parezca esto El Ejido para comerte un tomate de vez en cuando. Lo que hace falta son viviendas. Equilibrar el tejido social. Que no estén viviendo ocho en una casa. Eso genera problemas de comunidad y de otro tipo”.

Anochece y todo hace crac. Hay cascotes. Botellas rotas. Restos de una vajilla. Un televisor estallado. Desde lo alto, el paisaje se asemeja a una ciudad bombardeada. Los vecinos interrumpen la marcha. Han visto algo: “¿Y esto?”. Una caja fuerte abierta de par en par. Antonio la analiza sorprendido; dice que no es algo habitual: “Que haya nacido aquí El Lute, no significa que todos seamos El Lute. La mayoría somos trabajadores y pagamos nuestros impuestos. Yo estoy en el ERTE de jardinería y tengo cuatro hijos y seis nietos. Y tres están en el paro y hay que echar una mano. Cobro 1.200 euros y 300 se me van en impuestos con el derecho a ser atendidos. Basta ya de considerarnos a los vecinos de Las Torres como los mayores delincuentes”. Juan de Dios, de 42 años, asiente: “Yo estoy en el paro. Pero pago mis 400 euros de IBI más la tasa de basura que es como decir: ¿para qué pago si está el barrio lleno de mierda? Mis hijas no pueden jugar en ninguna zona donde no haya o basura o peligro”.

Pagan los platos rotos de ese descampado donde el Isma y sus compinches quemaban los coches después de sus golpes. Telepizza y SEUR no vienen hasta aquí. “Es que nuestros repartidores se volvían andando”, recuerda un pizzero. Desde Telepizza explican que si se observa un incremento de incidencias en una zona determinada se evita el servicio a domicilio. Algo que también confirman desde SEUR: “Nos coordinamos con la Policía para identificar posibles puntos negros. Si no se reparte es por casos extremos”. El resto de empresas consultadas sí venían y los taxis. Antonio -mechero del Atleti; anillo colchonero- se defiende con un símil futbolístico: “A nadie se le ocurre juzgar a la afición del Atleti por los que mataron al chaval del Dépor. Pues nosotros no somos El Lute. Es que además ese chaval hace años que no vive aquí”.

El Lute es Ismael Arriero; el Isma, de 32 años. Quizás el alunicero más famoso que salió de Las Torres. Porque hubo otros. Pero su último apodo policial, El Cabeza, da cuenta de lo sofisticado de sus golpes. Criado en esos bloques de pisos destartalados, este vecino se hizo un nombre en el barrio empotrando coches robados contra escaparates de lujo. Y como Eleuterio Sánchez, El Lute, protagonizó una impactante huida tras un permiso penitenciario. Lo último que se sabe es que fue detenido en febrero de este año por blanqueo. Aunque a finales de 2013 había sido arrestado como presunto autor del robo de 1.700 relojes de alta gama valorados en 23 millones de euros. En Las Torres nadie habla abiertamente de él. Como tampoco dicen quién es el autor de esa pintada que se lee en el soportal donde creció: “Si algún día tuviera que elegir entre mi vida y tú, de verdad, discúlpame mucho porque tendré que elegir mi vida porque mi vida eres tú”. Hay una fama que mantener.