A los 'protas' del Gordo no les sonríe la suerte

Antes de que el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas estrene el anuncio televisivo con el que cada noviembre pretende inyectar a los españoles la expectación crematística de la Navidad, volvemos a La Muralla. La china, no, la de Villaverde Alto, al sur de Madrid, el verdadero nombre del bar Antonio, donde el último 22 de diciembre sus parroquianos mojaban en champán la suerte de haber sido bendecidos con el Gordo. Todos, menos Manu, aquel hombre larguirucho y barbudo que a su abatimiento por las dificultades económicas añadía el de no haber comprado ese año un décimo en la barra del barrio; el que cargado de hombros y de fracasos abría sendero a través de una copiosa nevada, espoleado por su mujer, para irrumpir en la fiesta, felicitar al hostelero y tomarse un cafelito por el que le cobraba 21 euros. «Uno del café y veinte de esto», le sorprendía el bondadoso Antonio mientras deslizaba sobre la barra un sobre rojo con su nombre y, en su interior, un boleto agraciado que le había guardado. «El mayor premio es compartirlo», remataba una voz en off el impecable anuncio, que lograba enternecer a millones de telespectadores y, también, por qué no decirlo, resarcirnos de la pesadilla del tétrico quinteto de la muerte (Caballé-Raphael-Marta Sánchez-Bustamante-Niña Pastori) de la campaña anterior.

El anuncio, el más visto, comentado y llorado en la historia de la publicidad española –aunque no exista método empírico para acreditar esto último–, tocó la fibra del país. Cómo no hacerlo. Una historia dickensiana, una factura impecable, dos actores en estado de gracia y la ilusión sembrada de que alguien inesperado, en un lugar insospechado, puede acordarse de ti cuando todo a tu alrededor parece desmoronarse. Nos hemos preguntado si, además de a la agencia publicitaria y a Loterías y Apuestas del Estado, la diosa fortuna también acarició con su varita a Alfonso Delgado y a Julián Valcárcel, Manu y Antonio en la ficción. Y hemos comprobado que el Gordo, cuando cae, puede hacerlo a plomo, como una viga de acero desde un octavo piso.

«Lejos de cambiarme la vida, la verdad cruda es que ahora tengo menos ofertas y menos ‘castings’ que antes. ¿Qué le parece? Somos muchos, hay mucho paro y el país anda muy mal. Aquello fue un ‘boom’ postizo. Diez días en la cresta de la ola y, hala, luego, la gente se olvida de ti. Ha sido un chasco, pero no quiero ir de llorón. Tengo una moral a prueba de bombas. Siempre me he defendido y lo seguiré haciendo». Dispara sin anestesia y se recobra el intérprete de ojos azules que se deshacía frente a la cámara ante la generosidad de su hostelero de cabecera. El rostro de aquella conmoción húmeda y epidémica corresponde a Alfonso Delgado, un actor madrileño de 55 años bregado en centenares de papeles –pequeños, medianos, con frase o sin ella– en cines, teatros, series y anuncios de televisón desde allá por principios de los ochenta. A menudo, de maleante.

Su pasión vocacional nunca le ha proporcionado un jornal digno, así que en estas tres décadas ha tenido que remangarse para casi todo: recoger chatarra, servir en algún bar e, incluso, enrolarse en un petrolero rumbo a la costa Oeste de África. Casado con una chelista de la Orquesta Nacional –«si no fuera por ella estaríamos en la calle»– y padre ejerciente de dos adolescentes de 12 y 14 años, el otoño pasado le llegó la doble oportunidad de poner cara a un ‘spot’ con un impacto masivo garantizado y de demostrar su vis dramática. Vaya si la aprovechó. Difícil recordar a otro actor capaz de fabricar mejores y más limpias lágrimas.

Sin embargo, llorar no le ha dado de mamar. Al principio, en plena apoteósis del éxito, Delgado pensó que las cosas, por fin, iban a cambiar de signo. Todo parecía apuntar a ello cuando a él y a su compañero de ‘spot’ lotero les ofrecieron un cameo en ‘Mi gran noche’, una película que iba a dirigir Álex de la Iglesia sobre la vida de Raphael y que acaba de estrenarse. Pero, como tantos otros, el proyecto se cayó. Y, desde entonces, ha tenido que conformarse con una sustitución de una semana en una de las minifunciones que ofrece el espacio alternativo Microteatro por Dinero; un corto realizado por los estudiantes de fin de curso de la escuela de cine de Mataró, «por el que me pagaron 50 euritos al día»; otro «que me pidieron por favor, por favor, en la escuela de video de Madrid»; otro de un día en Galicia, de un chaval que acababa la escuela y en el que hago de marido de Aitana Sánchez-Gijón...», hace inventario.

Propietario de El 22 de San Marcos, un bar en Chueca «que no me da un duro desde que la exalcaldesa Botella se cargó la noche», Delgado tampoco puede confiar en la editorial Plaza y Janés, y antes Planeta, para la que lee manuscritos desde hace quince años. «Cada vez me llaman menos. Si antes me tragaba doscientos al año. Ahora voy listo con dos o tres al mes».
Al menos, ¿le reconocen todavía por la calle?
Ya apenas no. Me miran como si no supieran si soy un delincuente o un conocido. La mayoría no cae.

A Delgado le sostiene su humor ácido y socarrón, una locución para el rasca y Gana de la Once «muy cachondo y bien pagado, con música de Rafaela Carrá» que acaba de grabar y la satisfacción íntima de haberse ganado respetado entre la profesión. «Noto que ya no soy el mendigo tirado que he sido durante treinta años. Parece que he hecho algo importante porque, profesionalmente, me miran diferente. No sé si no me llaman porque no se atreven a darme cosas pequeñas. Pero tampoco me dan grandes. Esa es la realidad».

¿Aquel anuncio le da aún para vivir?
 
–¡Qué dice! Pero si cobramos una miseria. Si descontamos lo de Hacienda y lo de la agencia, apenas me quedaron 5.000 euros. Y encima nos obligaron a firmar una exclusividad que nos impedía trabajar en los tres meses siguientes. Si cree que así se vive...

¿Cómo se plantea la próxima Navidad?
 
En los Teatro del Canal. Me han dado un papel secundario pero muy gracioso para una obra. No se lo pierda, se titula ‘Papa Noël es una mierda’. En Francia es una peli de culto. A ver si sale gira...


El momento del 'spot' en el que Manu se dispone a entrar en el bar Antonio.
 
«Quedamos marcados»
 
Ojalá. El albaceteño que a lo Sancho Panza devolvía la ilusión de vivir a Manu anda de la ceca a la meca. Padre también de hijos adolescentes, abogado con bufete y actor ocasional, no para. Pero más por la suma de compromisos legales y domésticos que interpretativos. «De la noche a la mañana mi cara se hizo conocida en los ambientes del cine y la televisión. Fue brutal. Pero la vinculación entre nuestra imagen y el producto fue tan intensa que dejamos de hacer algunos trabajos. Éramos los chicos de la lotería. Digamos que nos quedamos marcados», expone el letrado, experto en Derecho Inmobiliario, quien entre ‘casting’ y ‘casting’ se ha visto obligado a ejecutar este año dos desahucios.

Aun así, Julio Valcárcel dice sentirse agradecido al Gordo, al que atribuye su elección para un corto de Renfe, un papel en un peli y un cameo en un par de capítulos de una serie de televisión que rodará en 2016. Y algo más. «Hace menos de un mes paré en un bar de carretera de Saleices, en Cuenca, donde me contaron que este año todo el servicio ha comprado un décimo para meterlo en un sobre y, si toca, dárselo al más desgraciado del pueblo. Me pareció increíble que el mensaje del anuncio siguiera vivo en la mente de la gente un año después. Y compré una participación. A ver si toca. Eso sí, después de ser el hombre más bueno de España, a ver si me cae ya un palelito de malo malísimo», reclama.